Llegué a aquel sitio con el mundo pegado en los zapatos y el cielo apoyado en la C4, la C5 y la C6, cansado de pastillas y tratamientos, harto de mi médico de cabecera, harto de estar mal, harto de ser feliz solamente anestesiado, harto hasta lo más ‘arto’. Y me sentí mejor. Vaya. Mucho mejor.

No me medicaron, no me llegaron a atender, y apenas estuve media hora en la sala de espera, con una chica que no comía desde el fin del anterior milenio, un señor que absorvía sus colillas y las volvía a guardar en los bolsillos, un chico perdido en el horizonte destrozándose los dedos a mordisco y una señora que a cada zancada le gritaba ofensas a un marido inexistente. Lo mío podía esperar.

Por aquel entonces no me faltaba nada. Tenía de todo. Incluso una tristeza infinita.