Cuando todos vivíamos en el paraíso, vivían también allí Adán y Ana. Si, si, Ana, un auténtico encanto, uno de esos seres que trata a todo el mundo con un “amor“, un “cariño“, un “cielo“. Realmente agradable, si. Y lo era porque siempre resulta agradable que la gente sea cariñosa contigo o que simplemente se dirija a ti con cariño. Claro que ninguno considerábamos que aquella forma de tratarnos buscara nada de mayor intensidad. ¡Qué va! Al fin y al cabo era el trato común para con todos, común y para todos. Así que en el paraíso, en nuestros encuentros simplemente disfrutábamos con su cordialidad y cariño.

Caía el verano para dejar paso al verano -cosas de las estaciones en el paraíso- el día que cenando bajo el árbol de la sabiduría, juntos todos los amigos, Ana preguntó:
- “¿Vas a querer fruta, cariño?”.
Adán ni se inmutó hasta que el silencio se hizo lo bastante denso, y levantó la mirada del plato:
-”Ah. ¿Lo de ‘cariño’ es por mi?”
-”Pues claro.”
-”No, no. No tan ‘claro’… porque yo no soy capaz de diferenciar ese ‘cariño’ del resto de ‘cariño’ que has dicho en la cena y que no se referían a mi
“.
Y a tomar por saco el resto de la velada. Y la relación. Y la historia. Y los planes de la jodía serpiente.

En realidad, a Adán le traía al pairo que su chica fuera cariñosa con cualquiera, incluso con la jodía serpiente. Así era Ana cuando la encontró en el barro, aturdida y hablando con los juncos, así la había querido desde el primer día, y así había asumido que sería. Pero en aquella cena, él, de repente, sintió que no existía en su comunicación con ella un elemento diferenciador, nada que indicara una relación “especial” entre ellos distinta a la que ella mantenía con el resto. En aquella cena, en aquel escenario, él no era parte esencial, especial, única de la vida de Ana.

Y eso es lo que sintió.

Y Eva no era mocita, pero Adán tampoco.

Cuando todos vivíamos en el paraíso, Adán conoció a Eva. Y Eva sólo tenía ojos para Adán. Y Adán sólo tenía ojos para Eva. Y sólo entre ellos se decían “cariño”, “cielo”, “amor”. Muy meloso todo en el paraíso. Eva no era más guapa que Ana, ni mucho menos, era chaparrita, desgarbada, cargaba pistoleras y su melena no brillaba dorada al sol, y tampoco era tan cariñosa con todos y, claro, tampoco era tan popular, pero a él le hacía sentir diferente, único, especial, y a él con eso le bastaba. Incluso cuando todos fuimos expulsados del paraíso y llegaron los inviernos.

“¿Vas a querer fruta, cariño?” y Adán no dudo ni un instante y le pegó un bocao a la manzana de la jodía serpiente.

Los nombres de esta historia han sido conscientemente sutituidos, así como los lugares y descripciones, y todo aquello que pueda indicar que sustituyendo “Adán” por por ejemplo tu nombre, “Ana” por digamos “Pepsi”, y “Eva” por pongamos “CocaCola” , indique de algún modo la importancia del sentirnos únicos, especiales, diferentes, en lo que a cualquier relación marca-consumidor, empresa-cliente, producto-consumidor, o similar, se pudiera o pudiese referir.