Cuando me dijo que le habían cesado, sólo acerté a anunciarle lo peor “prepárate para ver menguar tu mundo“. Puede que lo peor sea eso -hablamos- esa soledad a la que te enfrentas, el olvido, las traiciones, el descubrir que aquellos en los que te apoyabas, en los que confiabas, desaparecen, o se reducen a unos pocos que fielmente mantienen el contacto, te llaman y se preocupan por tí. Luego están los juramentos de lealtad que si, que si, que si, pero que no. La percepción del quién, de lo que queda, del vacío del mundo en que te llenabas. Y el contraste de la realidad y la expectativa. Y la añoranza.

La ventaja de la vida de asceta, que a poco cualquier cosa mejora lo presente.

Estos días me lo ha recordado (a pesar de que ha encontrado ya su sitio en el mundo y anda feliz, lleno de ideas y proyectos en su nuevo trabajo), en esa sombra que parece envolvernos a todos ante el paro ajeno: “A ver cuánta gente de la que dice que te quiere te va a llamar. Nadie. La gente te olvida”. Y yo me he tenido que hacer silencio porque no sé cómo serán las cosas dentro de dos meses, de un año, aunque en las dos últimas semanas no he parado, aunque mi mundo parece otro, más grande. Nadie nuevo, pero todos de golpe y alguna que otra sorpresa. El ánimo, el cariño, la continuidad y mi vida llena.

Debo ser un caso raro, pero en esta situación en la que estoy deseando frenar, tomarme un respiro, un tiempo para pensar, mi vida social se ha multiplicado. Mi universo no mengua, crece. Ventajas de la vida de asceta, que a poco cualquier cosa mejora lo presente. Y sobre todo, la suerte de contaros a vosotros entre mis amigos. Yo, queridos amigos, sigo siendo el mismo. O mucho más.